El Lambucio Ilustrado: julio 2011

martes, 26 de julio de 2011

Ritos y espiritualidad criolla (reflexiones urgentes sobre la cotidianidad venezolana IV)


“Los sentimientos de 'amor y temor de dios' no tienen su origen en dios, sino en los seres humanos. Son sentimientos de frustración dirigidos por el hombre a un ser imaginario que pretende sea su padre."  Sigmund Freud

"Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la Tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra". Génesis 1:26

“Es inhumano bendecir cuando nos han maldecido.” Friedrich Nietzsche

No son nuevos los ritos de data ancestral en Venezuela, ni son puros. Eso ya se sabe. Lo que sí parece estar sucediendo es una especie de deformación –o escapismo en el mejor de los casos- de la espiritualidad venezolana, la cual, desde los años 60, ha adquirido una estética urbano - tribal propia de estas latitudes tercermundistas.

Algo que llama poderosamente la atención es cómo en el seno de la espiritualidad idiosincrática surgen formas de adoración religiosa totalmente opuestas a la norma, a la convención, al decoro, al respeto. Formas que, en la más profunda, recóndita y enraizada naturaleza, esconden el ensalzamiento perenne de la ignorancia. Una ignorancia cuyo rostro cada vez se parece más al venezolano común.

Esto no quiere decir que las creencias oficiales inveteradas en la nación sean el mejor ejemplo a resaltar, pero al momento de comparar, las distancias son enormes. Tanto así, que por momentos el catolicismo puede percibirse como inocuo al poder sacarse de él (no sin escarbar profundamente) las reflexiones de San Agustín o la Summa Teológica de Santo Tomás de Aquino.



¿A qué viene todo esto? Pues nada más y nada menos a los nuevos-viejos objetos de adoración presentes en el sincretismo venezolano. Un sincretismo que en su vientre alberga desde la chamanería indígena, el sacerdocio y la jerarquización cristiana y los descabellados rituales africanos. Un sincretismo que además de estar generalizado, parece que cada vez gana más y más terreno. Debo resaltar que es necesario excluir ritos y expresiones populares que por la naturaleza de sus objetos de culto no figuran en este ensayo (Chimbangleros de San Benito, Diablos de Yare, etc.). 

Ahora bien, si usted ha leído algo sobre espiritismo venezolano, sabrá que existe desde un tiempo para acá (y cada vez con mayor número de séquitos e impacto mediático) la Corte Malandra. Una Corte de bajo rango perteneciente al culto de Maria Lionza cuyo origen caraqueño estuvo entre los años 60 y 70 del siglo pasado, compuesta por delincuentes que en vida se caracterizaron por sus acciones "robinhoodescas" -para el común de la gente- pero si se ve desde una perspectiva socioantropológica un poco más estricta, se encontrará uno de los ritos más tragicómicos de la cultura venezolana. 


¿Qué lleva a un mortal pedestre a subir a la categoría de santo a un malandro? ¿Qué hace que se deifique a quien representa la peor plaga que azota a la sociedad venezolana? Esto tiene dos lecturas: 1) demostración exagerada de buscar un dios que se parezca al creyente. 2) Una inversión total de los valores tradicionales. 

La primera opción, sin duda, no es nueva. Es la mejor evidencia de la creación mítica, de la configuración de formas de creer y pensar moldeadas a conveniencia de quien necesita rezarle a alguien que retroalimente de manera expedita las aspiraciones humanas. No en balde las pinturas de Jesucristo en la Europa renacentista muestran a un avatar rubio, blanco caucásico, cuando su «supuesto» origen semítico echa por tierra cualquier polémica al respecto. En el seno de la venezolanidad está fermentando una creencia que converja con las inquietudes y necesidades de quien deposita su fe en un malhechor. Es decir, el venezolano de a pie está moldeando su dios hecho "a imagen y semejanza". 


El Descendimiento de la Cruz (Pontormo).

La segunda opción es inquietante: un asunto que representa un descalabro moral. ¿Puede, o más bien, merece alguien cuya vida fue instrumento del mal levantarse en el altar nacional como deidad? Esto, seguramente, el criollo no lo ignora: allí parece que se incuba lo que muchos venezolanos quieren: un dios que sea tan malo como ellos. Es difícil pensar esto de otra manera al tomar en cuenta las características de la personalidad de los malandros criollos. Si se le rinde culto a un dios cuya circunscripción está lejos del terreno "moralmente establecido", los creyentes, obviamente, se sentirán libres de hacer lo que le venga en gana ya que su referente religioso es un desfachatado matón. Dicho de otro modo: "si mi dios es malo, yo puedo ser tan malo como él". De allí surgen innumerables preguntas: ¿la tradición católica venezolana ha sido incapaz de arropar las aspiraciones de sus creyentes? ¿Estas creencias son producto de los desmanes de la postmodernidad? ¿La adoración de malandros representa un atraso o no es más que una adoración sincrética particular?   

Sea cual sea la respuesta, seguirán estos ritos, mutando con el tiempo, tomando la forma que la religiosidad demande. Para la reflexión, dejo dos videos, uno más nefasto que el otro... 




martes, 12 de julio de 2011

Recuerdos póstumos, añoranzas oxidadas y otros subterfugios sanchopancescos


"La única patria feliz, sin territorio, es la conformada por los niños. La verdadera patria del hombre es la infancia”. Rainer Maria Rilke

“¿Cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor?” Jorge Manrique

"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Jorge Luis Borges

¿De qué están hechos los recuerdos? ¿De qué están compuestos los sueños? Hay una suerte de energía, por así decirlo, que nos ata con un magnetismo implacable al pasado. ¿Es el ayer, por el simple hecho de ser ayer, lo que nos hunde en el recuerdo?, ¿o es acaso por el espejismo brumoso que significa “lo que pudo ser y no fue” que la memoria nos hace las peores jugadas. Lo digo porque, como verán más adelante, una de mis mejores maneras para recordar es a través de la música. Dada la turbulencia de estos tiempos ultramodernos, son contados los momentos en los cuales se puede detener el reloj existencial y echar un vistazo a lo que nos ha vinculado, de alguna u otra forma, a la adolescencia, y más allá, a la infancia. Sean buenos o sean malos, los recuerdos configuran el patrimonio espiritual que le da sentido a nuestra vida.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando los mejores recuerdos provienen de las más pintorescas expresiones artísticas, de los más patéticos momentos, de las más ridículas canciones? Pareciera que, a todas luces, el presente se torna blandengue cuando llega el momento de juzgar con madurez lo que estuvo dándonos alegría, risas y emoción. Estos videos son una muestra de lo que puede pasar cuando la infancia se llena de excentricidades artísticas convertidas posteriormente en oro por la alquimia de la adultez…